En el contexto de la reciente publicación de su libro “Literatura, crítica y crisis climática. La ficción del atardecer del mundo” en México, el académico del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje raúl rodríguez freire, profundiza en entrevista en los ámbitos de conocimiento y reflexión que movilizan su labor investigativa e intelectual.
Dichos ámbitos están plasmados su libro a través de cuatro ensayos: dedicados al trabajo académico en un presente marcado por la crisis climática, el plástico, la visión indígena y su posición vincular con el cuerpo, y el antropoceno observado desde un átomo de litio.
La obra recopilatoria surge a partir de una invitación por parte del académico Rodrigo García de la Sienra de la Universidad Veracruzana -quien es coordinador de la cátedra José Martí en la Casa de Estudios- para formar parte de la colección de ensayos “Pensamiento y Cultura Latinoamericanos”.
¿Qué temas se abordan en el libro?
Yo suelo trabajar en dos o tres proyectos de libros a la vez, aunque no se publiquen al mismo tiempo, sino en uno o dos años más. Al pensar en cómo responder a esta invitación, que era abierta, consideré que ya había publicado textos sobre literatura, ficción y crisis climática, mi Fondecyt es sobre la relación entre plásticos y literatura, y había dos trabajos más que nos estaban completados.
Uno de ellos es sobre pensamiento indígena, sobre la noción de que el cuerpo es permeable, en vínculo con el medio; desde la filosofía de Kant el cuerpo es una unidad autónoma, pero para los pueblos indígenas lo atraviesa el aire que respiras, el aire que tomas y los alimentos que ingieres. Este es un cuerpo que está en vínculo con el medio, biocultural desde la química o la biología, hay diferencias pero de manera sustantiva la ciencia está pensando en un cuerpo permeable. Estas coincidencias entre las ciertas ciencias, investigaciones y pensamientos de pueblos indígenas me llevaron a desarrollar un pequeño ensayo, que reescribí para este libro.
El otro texto que también reescribí es sobre el trabajo académico, la producción académica en la era de la extinción. Así lo llamé porque me invitaron a coordinar un dossier en una revista en España, donde había mencionado elementos en relación con el ámbito de producción académica. Por ejemplo, muchas de las grandes editoriales que podríamos llamar globales -Routledge, Oxford, Cambridge, Elsevier y muchas otras-, no siempre pero en algún momento, han trabajado de manera precarizante. ¿A qué me refiero? Un escritor suele enviarle un libro a una editorial, que revisa el libro, lo envía a evaluación y lo publica. Pero todo el proceso que sigue es externalizado a empresas en la India de manera precaria. Yo revisé varios títulos publicados bajo esa modalidad; donde los trabajadores que corrigen, editan, diseñan los libros son flexibilizados, trabajan por horas. Hay una desconexión entre lo que implica escribir un libro, los temas que muchos estamos investigando y sus modos de producción.
Entonces, teniendo en cuenta estos temas, pensé que lograba armar un libro que podía enviar a la Universidad Veracruzana: que tomara en cuenta el trabajo intelectual y la forma material de nuestro trabajo, el pensamiento indígena y ecológico, la relación con el plástico que abordo en mi Fondecyt y un primer ensayo sobre el litio.
¿Cuál es su interés en pensar el litio desde la literatura?
Estoy iniciando una investigación sobre lo que podríamos llamar cuatro minerales históricos de la geología y su relación con el Estado chileno: salitre, cobre, carbón y litio. Mi idea es escribir un pequeño libro que trabaje con la ficción. Por ejemplo, en el texto sobre el litio, lo que yo hice es lo que llamo una etnografía ficticia de un átomo de litio. Lo que imaginé es cómo ese átomo de litio, que se llama Li, aparece con el Big Bang junto al hidrógeno y el helio hace más de 10 mil millones de años. Luego, ese átomo llega a la Tierra, en su proceso geológico va transformándose hasta que queda en el Salar de Atacama, pasan millones y millones de años, hasta que una empresa como Soquimich (Sociedad Química y Minera de Chile) lo extrae para venderlo. Entonces Li, que estuvo millones de años inmóvil, solo moviéndose por fluctuaciones del ambiente, inicia un viaje en tren, barco y avión, para finalmente regresar a Atacama mediante un celular. Es imaginar las estructuras del antropoceno, que hacen posible el mundo considerado como recurso.
¿Es por esto que su libro se subtitula “la ficción en el atardecer del mundo”?
Yo creo en el amanecer del mundo, pero hay que pensar precisamente la época de crisis climática que estamos viviendo como un atardecer, no de una manera apocalíptica, sino como un momento que hay que atravesar para un mañana.
En relación a su trabajo académico e intelectual, ¿qué lo impulsa a abordar el vínculo entre ecología, crítica y ficción?
Tiene que ver con la zona en la que vivimos, la V región es una zona muy afectada por la crisis climática y la desertificación. Y no me refiero solo a la falta de agua, sino también al modo de habitar el planeta, desde una lógica extractivista. Una vez pasé por Ventanas, en Puchuncaví, y es verdaderamente impactante ver las máquinas y a la industria operando, mientras las personas hacen su vida cotidiana en el entorno, bañándose en la playa. Hay una frase muy importante que encontré en un libro de Rodrigo Mundaca, el actual gobernador, que dice que en Chile hay personas que tienen un territorio sin agua y hay personas dueñas del agua pero sin territorio, porque el agua está privatizada.
Es imposible no pensar en estos acontecimientos, en las formas de habitar el mundo que estamos viviendo. Yo provengo de San Carlos, estudié en Concepción al lado de Lota, en Coronel, entonces conocí muy bien lo que implica la mina de carbón. Los lugares donde he vivido me han llevado a pensar lo que mi trabajo, desde la literatura, puede hacer en relación a la crisis climática, hacia otras disciplinas como la geología o química. Me interesa pensar las relaciones desde la literatura con otras disciplinas, tanto de las humanidades y ciencias sociales como de las ciencias naturales.
¿Y qué pueden hacer la literatura y las humanidades en ese sentido?
Pueden hacer mucho, porque mi hipótesis o mi intuición es que las ciencias son ciegas si no recurren a las humanidades. Las humanidades deben ser autocríticas y colaborar con otras disciplinas sobre la noción de mundo, vida y ser humano. ¿Por qué? porque la noción de humano, como veíamos antes, estaba bastante clausurada sobre sí mismo, como un cuerpo cerrado. Pero nuestro cuerpo, nuestra vida, solo es posible gracias a millones de microorganismos que están dentro, que permiten nuestra digestión o respiración. Hay una relación con una especie no humana, minerales, animales, vegetales.
Los pueblos indígenas no se diferencian del entorno, porque es el entorno que los mantiene con vida. Hay un pueblo en Oceanía que define, por ejemplo, al estómago con nombres vegetales que están en el bosque, que han permitido que se desarrollen y no al revés. Las humanidades deben pensarse críticamente, con su herencia antropocéntrica y eurocéntrica. La educación, la literatura y las humanidades tienen mucho que repensar y hacer.
Un término que cruza su reflexión y está presente en su libro es el antropoceno, ¿por qué y qué nos dice sobre nuestra sociedad?
El antropoceno es un concepto que podríamos llamar como un catalizador de reflexiones. Es un concepto de la geología, que básicamente refiere a la intervención, la transformación en agente geológico de la especie humana. Antes de eso, la especie humana era solo un ente biológico; geológico implica que puede alterar las condiciones que hacen posible la vida tal como la conocemos ¿qué significa la vida tal como la conocemos? un tipo de temperatura que hizo posible por ejemplo los cereales, el arroz, o sea condiciones climáticas que hicieron posible la sedentarización de la especie humana.
Es un concepto también problemático, porque para algunas personas engloba a toda la especie humana o a toda la humanidad y no toda la humanidad es responsable de la crisis climática. No todos contaminamos de la misma manera que los dueños de las grandes industrias petroleras o marítimas (20 barcos contaminan el equivalente a 60 millones de autos)
¿Por qué a mí me interesa de todas maneras el concepto antropoceno? Se han creado alternativas como el capitaloceno o euroceno, para acentuar esta idea de que son los empresarios más grandes los que generan mayores contaminaciones, pero yo veo que es problemático el capitaloceno porque es como decir los responsables son ellos y no yo y aunque no nos guste ¿para quién se produce la palta?, por ejemplo, si pensamos en la sequía ¿para nuestra vida cotidiana?, ¿para qué se saca litio para nuestros teléfonos?, ¿para qué se saca cobre para que haya conexión en nuestros teléfonos? o sea por mucho que haya empresas que efectivamente contaminan muchísimo por el modo de producción que tienen, lo que producen lo usamos en nuestra vida cotidiana porque tenemos un estilo de vida que yo identifico con el antropoceno.
¿Cuál o cuáles son la respuestas a esta crisis climática?
Mientras no cambiemos nuestro estilo de vida, que tiene que ver básicamente con consumir lo estrictamente necesario para vivir, vamos a seguir contaminando el mundo. Hay un pensador indígena de Brasil Aílton Krenak, del pueblo Krenak, que sufrió con lo que se llamó “Desastre de Mariana” (considerada la mayor catástrofe ambiental del país), en el que la basura de una empresa extractivista se esparció por el río y el pueblo, luego de la rotura de una compuerta. Entonces, se podría decir que nadie como el pueblo Krenak es menos responsable de la crisis climática, pero este pensador habla siempre de nosotros, refiriéndose a toda la humanidad. Dice que nosotros somos responsables por el mundo que vamos a dejar a los niños, donde no se trata de dejar de consumir si no de hiper consumir. Por eso, para mí, el antropoceno es una forma de vida.
¿Qué trascendencia considera usted que tiene posicionar la reflexión desde Latinoamérica?
Hablando de crisis climática, lo primero que habría que señalar situándonos en América Latina o en el sur global, es que la reflexión podemos hacerla extensible para la mayoría de los países de África. La crisis climática afecta de manera distinta al norte global que al sur global donde, nos guste o no, se suman las violencias políticas que se han dado a lo largo del siglo XX, lo que hace mucho más complejo los niveles de análisis, junto a la historia monoproductora de los países. Por ejemplo, la extracción fuerte del litio comenzó con la Dictadura chilena, el caso de Colombia y la violencia por el narcotráfico, la cantidad de líderes y lideresas que defienden el medioambiente asesinados.
Para dar solo un dato, la minería de cobre a tajo abierto comenzó gracias a la familia Guggenheim en Chile, en 1915. Esta es una de las familias que más ha aportado al desarrollo del arte y de las humanidades, financiando becas para artistas, escritores, científicos. Pero esta beca tiene como antecedente la historia de una familia que tiene un vínculo con el extractivismo central en Chile, pero también en Costa Rica, en el Congo. Entonces, pensar la crisis climática desde América Latina implica también pensar esas relaciones, cómo se financia la cultura con el cobre u otros minerales extraídos de países del sur global.
Walter Benjamin, filósofo alemán, tiene una frase muy impactante que dice “todo documento de cultura es al mismo tiempo de barbarie”.
Por último, quisiera mencionar que tengo la suerte de trabajar en un Departamento de Literatura muy colaborativo. Para mí es un lugar muy estimulante, donde conversamos mucho con los colegas sobre lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Juan Cristóbal Castro estudia la petrocultura, es decir, la relación entre la extracción de petróleo y la forma del Estado en Venezuela y otros países; Giselle Román trabaja la relación entre turismo y extractivismo; Catalina Forttes aborda el extractivismo a partir de la literatura gótica contemporánea; Mariluz Estupiñán, la relación entre tejido, medio ambiente y crisis climática; Mónica González investiga sobre novelas acerca de plantación, esclavitud y crisis climática. Es un espacio muy fructífero de pensamiento.


