El lenguaje es constitutivo de lo social. No es posible la vida en sociedad sin discursos que den sentido a la convivencia y busquen su reproducción. El orden social descansa, por una parte, en una amplia gama de textos que regulan las relaciones entre las personas (leyes, contratos, certificados, etc.) y, por otra, en el debate público permanente que permite la construcción de los consensos necesarios para la vida en común.
Desde esta perspectiva, la nueva constitución será un texto que tendrá que reflejar los diversos intereses de los ciudadanos y deberá sentar las bases para que se produzcan los cambios demandados por la mayoría. En tal sentido, la calidad del debate público que se genere en nuestra sociedad será esencial para el éxito del proceso que termine en la redacción del nuevo texto constitucional.
En este marco, entendemos la organización de la sociedad como una cuestión de lenguaje, en la que el diálogo y la negociación son sus recursos fundamentales. Es así como comprendemos el aforismo “el lenguaje construye realidad”, ya que es a través del lenguaje que damos forma a esa realidad social que compartimos como miembros de una comunidad. Ciertamente, no se trata de una realidad material sino de una realidad simbólica, es decir, de una realidad interpretada. Asimismo, vemos a diario que la disputa por conquistar el sentido común, con frecuencia, nos lleva al choque de ideas que alteran la convivencia o incluso generan crisis importantes. No obstante, las disputas, controversias y polémicas son inherentes a la organización social y son el motor del cambio.
Dado su carácter simbólico y deliberativo, los discursos públicos se transforman en un objeto de interés en las universidades y colegios. Como académicos, comprendemos el debate público como una práctica social en la que se confrontan los miembros de una comunidad en los asuntos de interés público, en el marco de un orden social determinado. Quien toma la palabra en el espacio público siempre es un representante de un sector de la población y participa defendiendo un punto de vista que considera positivo para la comunidad. Pero no solo se trata de actividades dialógicas en las que ambos interlocutores están presentes, sino que los debates públicos se pueden desarrollar en las múltiples formas en las que se puede hacer públicas las opiniones: la televisión, la radio, la prensa, las redes sociales, las plazas y los muros.
Postverdad
Si bien la circulación de noticias falsas no es nueva, identificamos al menos tres factores que las han transformado en una seria amenaza para la convivencia: en primer lugar, vivimos una cultura de postverdad en la que predomina una desvalorización de la verdad y, en cierta medida, una renuncia a buscar la verdad. En segundo lugar, el modelo de negocios de diversas redes sociales que premia los me gusta sin importar la manera de obtenerlos, incentiva la generación de contenido sin importar su veracidad. Y tercero, preciamos una falta de sanción social efectiva a los difamadores de contenidos maliciosos.
En una democracia amenazada por la desinformación, en el proceso constituyente la calidad de debate público será el más importante de los bienes sociales. Por esta razón los medios de comunicación tienen una responsabilidad fundamental, promoviendo el pluralismo de voces que acceden al espacio público y siendo muy exigentes en cotejar la veracidad de los contenidos que publican.
por Cristian González Arias
Publicado en La Segunda (30 octubre 2020)


