La vocación por la pedagogía y el cuidado del medio ambiente se entrelazan de manera continúa en la labor de la académica e investigadora PhD. Katharina Glas del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje PUCV. En su quehacer, plantea a su vez una perspectiva de horizontalidad y reciprocidad tanto en el vínculo con sus estudiantes, la comunidad universitaria y educativa, como en la relación con la naturaleza y en su cotidianidad. 

Lo anterior, con un marcado interés e influencia de la cosmovisión indígena, desde la lectura de la bióloga de la etnia Potowatomi Robin Wall Kimmerer y su libro “Una trenza de hierba sagrada”, hasta la profundización en el pensamiento Mapuche, sus conceptos de itro fill mogen (biodiversidad) y küme mogen (buen vivir) como en sus pensadores, entre los que destacan Elisa Loncón o Elicura Chihuailaf; con sus obras “Recado confidencial a los chilenos” o “Nuestra lucha es una lucha por ternura”.

La profesora Katharina Glas es doctora en Didáctica del Inglés de la Friedrich-Schiller-Universität Jena, Alemania. Además, cuenta con un Postgraduate Certificate in Education (PGCE) Modern Foreign Languages en la University of Sheffield, Inglaterra. Es una de las directoras de SONAPLES (Sociedad Nacional de Profesores de Lenguas en la Enseñanza Superior) y forma parte del proyecto del Centro de Acción Climática PUCV “Ecos del futuro”, obra sonora que explora la historia ambiental del Pacífico Suroriental y los efectos del cambio climático; desarrollado en conjunto con el Instituto de Historia y el ILCL, que recientemente se adjudicó el Fondo de Creación Interdisciplinaria de la Vicerrectoría de Investigación, Creación e Innovación de la PUCV. 

¿Cómo surge su interés por los idiomas y también por el cuidado de la naturaleza? 

Yo me crié en Alemania, en una ciudad fronteriza con Austria, por lo que mi primer interés por lo lingüístico fue la diferencia entre los dialectos que ahí se hablaban. Y después en la escuela aprendí idiomas, empecé con latín, luego con inglés y francés. Y en la universidad, castellano. Y ahí ya tenía claro que quería trabajar en algo relacionado a los idiomas. En Alemania, en Pedagogía, se estudian siempre dos especialidades. Y al principio yo escogí Inglés y Geografía, porque me veía haciendo educación medioambiental, me imaginaba estando afuera con los estudiantes mirando el suelo, las plantas. Pero  después me cambié a español por querer aprender más sobre las culturas y los países de habla hispana. Luego llegué a Chile, después de muchas vueltas. 

Pero también en mi familia hay, por ambos lados, generaciones de profesores. Y por el lado de mi papá, había personas que estudiaron idiomas antiguos, como latín y griego. Y por la familia de mi mamá, mi abuelo era profesor de Biología. Entonces, como cuando yo era chica era muy natural mirar las plantas; mi mamá conoce muchos nombres de plantas, entonces siempre hubo en mí un interés por la botánica, por apreciar la naturaleza, por la belleza y, desde un lado espiritual, de sentirse conectado con lo que nos rodea. 

Usted plantea una enseñanza con empatía, que contempla los intereses de las y los estudiantes, incluso más sensible. ¿Por qué y cómo esto se lleva a la práctica en el aula? 

Yo creo que esto es la filosofía propia de la pedagogía y la enseñanza, que se refleja en la interacción con todos los seres, no solo humanos, para comprender las relaciones de una forma recíproca. Yo enseño pero también aprendo al mismo tiempo, sabiendo que uno no está en un nivel superior. Es algo que aprendí en la lectura de los autores indígenas, esa relación de reciprocidad con los demás. Yo tomo lo que necesito para vivir, pero también entrego cuidado. Le pido a una planta que me dé de comer, pero también la riego, la abono. 

Y en una relación pedagógica, es dar y tomar, pero de forma cuidadosa, que no le haga daño a la otra persona, sin imponer ideas, ni tampoco quitando libertad o autonomía, para entregarle herramientas a los estudiantes para que puedan pensar libremente y sentirse felices en el aula. O al aire libre, que sería la mejor aula (ríe). 

¿Cómo es el vínculo que se genera en este proceso con las y los estudiantes? 

Es una buena pregunta. Yo espero llegar a todos los estudiantes; aunque cada uno está en su propia etapa de la vida, desde la idea de entregarle conocimientos más allá del idioma y su práctica. Y, efectivamente, que puedan saber que, a través del inglés, pueden acceder a conocimientos, a experiencias, a visiones del mundo, que puede enriquecer su forma de relacionarse con su entorno, incluso consigo mismo, y crecer como personas, tener buenas relaciones humanas, mirarse mutuamente. Porque, finalmente, estamos apoyando una etapa de crecimiento que, por supuesto, no acaba en la universidad. 

El inglés es un idioma global y lo que usted propone es enfocar su uso en la educación y en la acción climática ¿por qué este planteamiento y cómo se desarrolla? 

Yo creo que hay muchos usos distintos. El inglés, por tener acceso a experiencias globales, nos permite compartir experiencias locales con el mundo, donde tenemos que pasar desde la fase de enseñar sobre los problemas ambientales a conocer y elaborar soluciones. 

Por ejemplo, en acciones como reverdecer las ciudades, sacar el cemento y plantar. En los espacios urbanos hay mucho que hacer, porque es donde hay más concentración humana. Y hacer las ciudades caminables, sacar el auto que yo creo es uno de los grandes males de nuestros tiempos. Nos ayuda a movernos más rápidamente pero perdemos mucho contacto con la naturaleza, al estar en esa jaula de metal, para poder así convivir de otra manera. Hay muchas ciudades que están empezando a construir en esa dirección. Y hay otras acciones que aquí sí se dan, que en otros lugares no he visto, que es la compra a granel, por ejemplo, sin contribuir a la contaminación plástica. Yo espero que los estudiantes aprendan a usar el inglés para compartir esas experiencias, y hacerle ver al mundo que esas son soluciones que podemos aplicar en otros lugares, a mayor escala. 

Y el inglés también permite el acceso a otras culturas alrededor del mundo, que puedan tener otra cosmovisión, otra relación con la madre tierra. Por ejemplo, desde la visión de las culturas indígenas de Estados Unidos, y de países que, si bien fueron colonizados por países con el idioma inglés, como Australia o Nueva Zelanda, sigue habiendo una tradición de relación con la tierra de una forma más recíproca, amorosa y cuidadosa, más que de explotación. 

En su trabajo como docente -que desarrolla tanto en la carrera de Pedagogía en Inglés y como en el Magíster en Lingüística Aplicada del ILCL- desde el 2023 la profesora Katharina Glas lleva adelante una investigación en educación medioambiental, patrocinada por la Dirección de Investigación PUCV, junto al académico Marcel Donner, las Alumni Fernanda Chandía y Sofía Gutiérrez, y la estudiante de pregrado Constanza Mancilla. La investigación, que prosigue durante el 2024, ha contemplado en su etapa inicial la revisión de textos, capacitación a docentes, y el vínculo directo en la labor de cuidado de la naturaleza del Liceo Bicentenario de Viña del Mar, establecimiento que cuenta con certificación medioambiental por parte del Ministerio de Medio Ambiente. 

Ponencia del equipo investigativo en el Sexto Congreso de Investigación Interdisciplinaria en Educación en la Pontificia Universidad Católica, Santiago.

¿Cómo ha sido este trabajo, cuáles han sido los hallazgos y qué esperan aportar? 

Empezamos con un proyecto de revisión de textos escolares del Ministerio de Educación (MINEDUC), pero también los que se usan en establecimientos particulares y subvencionados. Tratamos de revisar las ideas que se presentan y las que faltan desarrollar aún más. Lo comparamos con la literatura de psicología ambiental y lo que vimos fueron tres grandes áreas: los textos muchas veces se enfocan en problemas, y poco en soluciones o en entregar un espacio estructurado para que los estudiantes puedan investigar y presentar soluciones, que va de la mano de la acción climática. Un segundo punto tiene que ver con la emocionalidad, porque hoy en día también se ha hablado mucho de la eco ansiedad, donde muchos niños y jóvenes no se pueden imaginar un futuro. Lo que se refuerza mucho por los medios de comunicación en general. En la educación ambiental se está discutiendo cada vez más la necesidad de crear esperanza. Y el último punto, que tiene que ver con la lógica del sistema neoliberal, que es muy individualista, y que en el fondo se releva mucho más la acción individual. Se habla muy poco, y es una falta de los libros, de la acción colectiva. De la presión que pueden hacer grupos para que se hagan cambios a nivel local pero también global. El inglés puede ser un aporte en la acción cívica en ese sentido, que la acción colectiva, de la mano con las acciones individuales, puede ser muy potente. Lo que, con buenos materiales en las clases de inglés, se puede lograr. Crear consciencia. 

Para este año, se están visualizando espacios de acción con el Liceo Bicentenario, a través del Departamento de Inglés. Durante el primer semestre se dictó el optativo “Environmental Education in the English Language Classroom” en Pedagogía en Inglés y tres grupos de estudiantes fueron al liceo, y hablaron de la importancia del compostaje y lombricultura, o el uso de las hierbas medicinales y el beneficio de las plantas.

Y esa es la idea, de mantener un contacto más regular y también establecer contacto con más establecimientos. Hay una profesora de la Escuela La Greda en Puchuncaví, de una ecoescuela, que tiene sello verde y está en una zona de sacrificio, que me invitó también para conocer el trabajo que están haciendo. 

[De izquierda a derecha] Constanza Mancilla, estudiante de Pedagogía en Inglés, Bárbara Jiménez, profesora de Inglés de Escuela La Greda de Puchuncaví y Katharina Glas, en una visita al establecimiento para conocer su labor medioambiental.

Todo esto está empezando a despegar. Yo siento que, parte de los profesores, hay un interés, quizás no muy amplio pero sí muy profundo. En el proyecto que tenemos este año, se está trabajando también en conocer la perspectiva docente sobre las oportunidades y desafíos que tienen para la educación medioambiental, que es un objetivo transversal en la enseñanza del inglés, que siempre surge, en la carrera y en el currículo nacional. Hay personas que viajaron 30 kilómetros para participar de las entrevistas y del taller que realizamos. Es algo lindo de ver, hay gente que quiere aprender y también compartir lo que han podido hacer, además de tener espacios de encuentros con profesores. Esperamos tener fondos para mantener este trabajo y expandirlo.

Usted también forma parte del proyecto interdisciplinario “Ecos del futuro” ¿cuál es su visión sobre esta iniciativa y su contribución? 

Es un proyecto muy bonito al que me invitaron, con la perspectiva de contar con una iniciativa interdisciplinar, con una visión de imaginarios futuros positivos y que llame la atención. Esto para que los estudiantes, la gente en general, se pueda imaginar un futuro verde, con una relación más sana con la naturaleza. Lo otro, es que dentro de la enseñanza del inglés siempre me han interesado mucho los Estudios Culturales, que están asociados a una visión intercultural, con un aporte de las culturas indígenas, y no solamente indígenas, pero sí con la idea de una relación recíproca de restaurar más que de explotar. Mi contribución sería investigar y construir un relato, para la construcción de una experiencia sonora inmersiva. La idea es que los niños, la gente, vaya al Museo de Historia Natural de Valparaíso y pueda escuchar ese relato. Como una cápsula sonora, donde se mezclan sonidos de la naturaleza con relatos de personas. Y nosotros vamos a ayudar a construir ese relato sobre ecosistemas terrestres, porque Natalia Gándara (investigadora principal del Centro de Acción Climática), se encargará de la parte del mar. Esto también con la idea de restaurar una biodiversidad. Estamos en la etapa de planificación y luego ahondaremos en las narrativas. 

Una parte de su quehacer está orientado al rol de directora en SONAPLES, organización que data de 1978 y que, de manera reciente, ha tenido una apertura a la enseñanza de lenguas originarias. Al respecto. ¿Qué trabajo han ido haciendo, por qué esta apertura y hacia dónde se quieren encaminar? 

SONAPLES surgió como una sociedad de profesores de lenguas extranjeras en la educación superior. Yo fui a un primer encuentro muy al principio de mi carrera, y me llamó la atención que habían profesores de inglés pero también de francés y alemán. En el primer encuentro que fui estaba Elisa Loncón, lo que me emocionó mucho. Desde niña siempre me ha interesado la visión indígena sobre la relación con la naturaleza. Para mí fue muy interesante conocer a una persona que hablaba mapudungún.

Miguel Farías (académico de la Universidad de Santiago de Chile) me invitó a la directiva.  Con Miguel nos encontramos en el interés por la educación medioambiental en inglés, estamos postulando a FONDECYT juntos y hemos escrito capítulos de libros. 

Yo me crié en un ambiente muy plurilingüe, en Europa los idiomas están cerca, y aquí en Chile lamentablemente se sacó la enseñanza de otros idiomas, lo que es muy lamentable. En SONAPLES está esta discusión de superar el foco en los idiomas europeos de los colonizadores, por lo que en los últimos años se ha ido abriendo  un espacio mucho más claro y explícito a las lenguas hereditarias e, incluso, a otras lenguas, como la lengua de señas. Esto responde a un cambio de visión y hay un diálogo creciente, estamos incluso cerca de un cambio de estatuto, que se debatirá en el próximo encuentro. 

Por último, desde una posición geográfica en el sur global, pero también con una formación en Europa, en el trabajo con las nuevas generaciones, ¿cómo se imagina una visión de sostenibilidad? 

En el discurso, el sur global siempre ha estado mucho más silenciado, porque el sistema educativo también ha estado mirando mucho hacia el norte. Hay un eurocentrismo, que tiene que ver con la colonización del continente. Pero siempre hay contramovimientos, porque vivimos en esa relación dialéctica en la que se ubica también la interculturalidad. Hay culturas, que por la atención que han puesto en una relación más sana con la naturaleza, tienen mucho que aportar. Y son las culturas que el sistema educativo, y quizás el discurso global ha silenciado por mucho tiempo. Ahora hay un resurgimiento del interés, desde lo lingüístico de la revitalización de los idiomas originarios, pero también un reconocimiento de su conocimiento sobre el cuidado del medioambiente. Aun así, la relación del ser humano con la naturaleza no es propiedad de nadie, es algo que todos podemos descubrir. Es una decisión decir yo soy una persona que cuida la naturaleza, que entrega, que no toma solamente. Yo espero contribuir a eso desde mi vida personal y mi labor investigativa.