Pandemia, educación y lo común

Hugo Herrera Pardo
Profesor ILCL/PUCV

La pandemia del COVID-19, y el confinamiento al que nos ha recluido, han trasladado hacia el espacio privado las desigualdades que, hace seis meses, estallaron en el espacio público. Desigualdades rearticuladas y acrecentadas estructuralmente desde hace cuatro décadas en Chile y que han devenido en una democracia altamente desigual. Prueba notoria de ello es la ubicación que ocupa el país en los ránkings internacionales de inequidad; dentro de los miembros de la OCDE, Chile es el país más desigual. Además, es uno de los con peor distribución de ingresos a nivel global. En la relación educación-crisis actual, uno de los aspectos que con mayor reverberación ha evidenciado (no solo en nuestro país, por cierto) esta desigualdad estructural se encuentra vinculada al orden de género heteronormado del capitalismo. La situación de aislamiento social y la continuidad de las actividades educacionales han visibilizado, entre otras cosas, la desigual distribución de tareas entre los géneros. En el contexto actual, y en muchos casos, la jornada laboral de las mujeres se ha expandido abrumadoramente.

En el marco de lo anterior, el contexto educativo y social ha arrastrado otra serie de problemas a enfrentar. Estos van desde los concernientes a la llamada brecha digital (no solo entre distintas generaciones, sino que también al interior de las mismas, inclusive dentro de las más jóvenes), el desigual acceso a la tecnología, las complejas condiciones que estudiantes, funcionarios o profesores pueden encontrar en sus hogares para realizar teletrabajo o el uso de interfaz para videollamadas. Una experiencia compartida en este último caso señalado ha sido la sensación de agotamiento tras varias horas de estar conectado. Aproximaciones recientes han explicado esta situación a partir de la discrepancia entre exceso de estímulos y ausencia de señales no verbales experimentada por el cerebro en entornos virtuales, situación contraria a la producida en el contacto social y directo. Si bien es cierto que el sector educativo —sobre todo el universitario— había sido en años recientes uno de los espacios en que se avanzó hacia la introducción de la tecnología digital, como en el caso de los cursos masivos y abiertos en línea, también es cierto que dicho avance había encontrado resistencias, emplazadas alrededor de la capacidad técnica de las plataformas o la complejidad de velar por un proceso de enseñanza aprendizaje significativo bajo aquellas condiciones. La circunstancia actual vuelve a poner en evaluación las potencialidades y limitaciones de la aceleración digital en el ámbito educativo.

Y es justamente a partir de estas resonancias críticas que han surgido espacios (virtuales, de momento) para repensar estos y muchos otros de los aspectos vinculados a la educación. Desde hace un par de semanas, y por mencionar solo un ejemplo, el profesor de literatura de la UNAM y militante de los derechos humanos Rafael Mondragón ha creado en Facebook el grupo “Profes aprendiendo a dar clases en línea”, el cual se ha proyectado como un espacio para discutir sobre la crisis actual, sobre el presente y futuro de la educación y en el cual varias profesoras y profesores de diversos lugares de Latinoamérica hemos comenzado a compartir nuestras clases, en una especie de aprendizaje colaborativo y también de autoexamen, a partir de la divulgación de diferentes modalidades y experiencias pedagógicas. Para Rafael, los objetivos de este encuentro apuntan en este sentido: “nos reuniremos porque es importante estar juntos, porque es importante sostener el vínculo pedagógico, porque sentimos curiosidad y ganas de explorar esa curiosidad en común”. La actual experiencia que atravesamos nos puede ayudar a repensar en comunidad nuestras prácticas, repensar la educación que deseamos construir y enfrentar, con ello, algunos de los problemas que venían afianzándose en las últimas décadas, como el problema que el ensayista argentino Horacio González ha denominado el imperio del ethos burocrático en la universidad actual, o también enfrentar la pérdida de autonomía entre el estudiantado que la lógica clientelista instalada desde algún tiempo en las universidades había acrecentado, para emprender así, desde esta posición de crisis, un retorno a lo fundamental del proceso educativo, aquello que nunca podemos perder de vista, que se trata de un espacio en que se piensa, se problematiza y se valora lo común.